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Cuando el silencio también genera riesgo

  • Foto del escritor: AlwaysLearning 360
    AlwaysLearning 360
  • 22 may
  • 3 min de lectura
“El silencio deja espacio a la imaginación.”

La frase, escuchada a partir de la entrevista a Manuel Jabois sobre La víspera, tiene una lectura muy potente si la llevamos al mundo de las organizaciones, porque en una empresa el silencio nunca es neutro.

Cuando algo no se explica, el espacio lo ocupa cada persona con su propia interpretación.

Y ahí empieza el riesgo.

Como elaborar instrucciones eficaces

En seguridad, operaciones o gestión de equipos, muchas veces intentamos resolver ese vacío llenando instrucciones:

Más procedimientos. Más anexos. Más normas. Más detalle ¿menos error?

La lógica parece razonable: cuanto más escrito esté todo, menos margen habrá para equivocarse.

Una instrucción demasiado extensa no necesariamente mejora la toma de decisiones. De hecho, puede provocar justo lo contrario: documentos que nadie consulta, equipos que aprenden a trabajar “por fuera” del sistema, y supervisores que verifican cumplimiento sin entender qué está pasando realmente en la operación.


El problema no es tener instrucciones; son necesarias.

El problema aparece cuando creemos que una instrucción puede sustituir al criterio.


Una organización madura intenta definir con claridad qué no es negociable, qué debe escalarse, y qué margen de decisión tiene la persona cuando la realidad no encaja exactamente con el procedimiento.


Una tarea puede cambiar por el entorno, por la presión del tiempo, por la disponibilidad de recursos, por una interferencia no prevista o por una condición que nadie contempló cuando se redactó el documento. En ese momento, la seguridad depende de cómo decide la persona.

Por eso, antes de crear una nueva instrucción o ampliar una existente, conviene hacerse algunas preguntas muy concretas:

  1. ¿Qué riesgo queremos reducir realmente?

  2. ¿Qué decisión crítica debe tomar la persona en el momento de mayor incertidumbre?

  3. ¿Qué parte de la instrucción es obligatoria y qué parte requiere criterio profesional?

  4. ¿Qué debe hacer el equipo si la situación real no coincide con lo previsto?

  5. ¿Cómo sabremos si esta instrucción se usa o solo existe en el sistema documental?


Estas preguntas cambian el enfoque.

Una buena instrucción debería ayudar a decidir. Debe explicar qué riesgo controla, cuáles son los límites que no se pueden cruzar y cuándo hay que parar, consultar o escalar.

Ahí está la diferencia entre burocracia y gestión.


La burocracia intenta cubrir todos los escenarios desde el papel. La gestión acepta que no todo puede anticiparse y prepara a las personas para decidir mejor.

Esto es especialmente importante. Muchas desviaciones no nacen de una falta de norma, sino de una mala interpretación, de una presión mal gestionada o de un silencio organizativo que nadie ha querido abordar:

  • El equipo sabe que una instrucción no se adapta al trabajo real, pero deja de decirlo.

  • El supervisor sabe que hay excepciones frecuentes, pero las normaliza.

  • La organización cree que el riesgo está controlado porque el procedimiento está aprobado.

  • Y el sistema sigue funcionando, hasta que un día deja de hacerlo.


Por eso, el silencio también debe gestionarse.

Hay que preguntar si se entiende, si se aplica, si ayuda y si sigue conectada con la realidad del trabajo.


Una herramienta sencilla puede ser clasificar cada instrucción en tres niveles:

Primero, los límites no negociables: aquello que nunca debe vulnerarse porque protege frente a un daño grave.

Segundo, los criterios de decisión: las señales que ayudan a adaptar la actuación cuando el contexto cambia.

Tercero, las situaciones de escalado: los casos en los que la persona no debe resolver sola y necesita parar, consultar o pedir validación.


Esta estructura evita dos errores habituales: dejar demasiada libertad donde debería haber control, o imponer demasiado control donde debería haber criterio.

Porque a veces, dejar margen es necesario, no obstante debe ser un margen consciente, definido y entrenado. Lo peligroso es que cada persona interprete desde lugares distintos, sin criterios compartidos.

Una instrucción útil no reemplaza la inteligencia de quien la debe aplicar. Le orienta.

Y quizás ahí está uno de los grandes retos de muchas organizaciones: pasar de sistemas documentales pensados para demostrar cumplimiento a sistemas de gestión diseñados para mejorar decisiones.

Porque cuando una organización intenta escribirlo todo, quizá está evitando una conversación más incómoda: cómo se trabaja realmente, qué no se está diciendo y qué decisiones se están tomando cuando nadie mira.


Cuando el silencio deja espacio a la imaginación, también puede dejar espacio al riesgo.

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